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Viernes, 10.septiembre.2010   
El poder de la oración
Autor: Karina Kegel
Juventud Misionera Femenina


Con una gran alegría, había comenzado la Semana Santa, al igual que las misiones. Con el antecedente del año pasado. Sabía que iba a dar, sin embargo, estaba segura de que terminaría recibiendo aún más.

Al cabo de un rato, los camiones avanzaron, nos despedimos entre risas y lágrimas de nuestros padres, dirigiéndonos a la gran aventura y convirtiéndonos en las mensajeras de Dios.

Cuando llegamos al pueblo, la alegría de la gente era inevitable, confeti, sonrisas y agradecimientos fue lo primero que recibimos, todos decían: “ya llegaron las misioneras, ya llegaron”. Debo aceptar que hasta me sentí importante.

Una vez que nos organizamos, el equipo decidió partir, ahora nos dirigíamos a nuestro pueblo. Teníamos una energía incontrolable, moríamos de ganas por comenzar a misionar, cantábamos, gritábamos, y hasta jugábamos, de tal manera que el día pasó muy rápido.

Al día siguiente, estuvimos listas en poco tiempo. Salimos al pueblo y los minutos pasaron, las manecillas del reloj corrieron y, ¡nadie llegaba!, ¿nos habrían olvidado?, con las caras tristes y deprimidas, decidimos esperar un rato más. Hasta que de pronto, una dijo: “pero niñas, ¡si hoy cambia el horario!”… Se dejó oír un profundo suspiro, después, soltamos la carcajada.

Habían pasado sábado, domingo, lunes y martes, el pueblo nos conocía, sin embargo, algo estaba cambiando en mí, extrañaba a mi hermana, a mi madre, el dormir en el piso ya no se veía tan sencillo y agradable como al inicio, me comenzaba a pesar no contar con mi baño; la misión era difícil y yo, joven, al menos eso creía. El hecho de sentirme sola me costaba mucho, empezaba a pensar en regresarme.

Pero esa noche tuvimos una actividad diferente, una sencilla “presentación en power point misionero” –y lo pongo entre comillas pues eran unas fotos de La Pasión y una lámpara-, que las iba alumbrando. De pronto alumbraron a aquel que más tentador puede llegar a ser, al mismo tiempo se oyó una frase: “no podrás, mejor regrésate y deja de sufrir”… Mis sentidos se paralizaron, mi presión bajó y un escalofrío cubrió todo mi cuerpo. Así fue como decidí terminar lo que había comenzado. Mañana, “otro día será”, me dije.

A la mañana siguiente, todo se veía diferente, nosotras contábamos con más energía, los paisajes se veían más bellos que nunca, la gente, sonriente, miradas de esperanza, yo me encontraba tranquila. La crisis misionera había pasado, ahora sólo moría de ganas por lograr que estas misiones valieran la pena.

Y la respuesta no se dejó esperar, ¡qué suerte la mía!, una pareja que llevaba 12 años de vivir en unión libre, estaba por casarse, todo gracias a Dios y a nuestro afán por transmitir Su Palabra. Al poco rato, eran ya cuarenta las parejas que querían casarse por la Iglesia. Nos encontrábamos consiguiendo arras, anillos, el lazo y hasta padrinos.

En esto estábamos cuando recibí una llamada importante de mi hermana. Cuando escuché su voz, me alegré, ¡tenía tanto qué contarle!, ella estaba por irse también de misiones con Familia Misionera, sin embargo, su voz se oía triste. “Karina”, me dijo, “hermanita, creo que no voy a poder ir, estoy enferma”, mis hombros cayeron, mi sonrisa desapareció y sentí un peso enorme en mí. Todo se encontraba en manos del doctor y mi “poder” estaba en buscar fuerza en la oración.

Lo más importante para los días que seguían era acompañar a Cristo, considerar todo su sufrimiento, tratando de no caer en ser un enemigo, sino aquel que lo acompañaba hasta la Cruz.

Poco antes de terminar las misiones recibí otra llamada. Era mi hermana que me decía que estaba bien y que, incluso iría a las misiones, ni ella ni el doctor supieron lo que ocurrió, cómo fue que se curó, pero yo pensé en el poder de la oración.

Al volver, la alegría nos consumía, cantos, gritos, porras en la universidad Anáhuac. Encontré a mi hermana, nos abrazamos y no pudimos contener las lágrimas, esta gran Misa que estábamos por vivir, significaría todo, al término de nuestra misión.

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