Mi testimonio
Autor: Crista Campa Gras - Juventud Misionera Femenina
Yo nunca había ido de misiones y jamás había pensado hacerlo. Tenía mi vida y no me creía necesaria en ese tipo de cosas. Este año, una de mis amigas me convenció. También yo pensé en tomarlo como una prueba, algo como un reto a mí misma para demostrarme que sí podía aguantar fríos, largas caminatas bajo el sol, incomodidades, etc.
Antes de irme, me dio mucho miedo el dejar a mi familia, mis vacaciones, mi vida, aunque sólo fuera por una semana, pero me fui.
Cuando llegué al pueblo en el que me tocaba misionar, encontré a la gente de un modo muy diferente de como me la imaginaba. Todos estaban felices porque habían llegado las misioneras, y yo no sabía por qué tanta emoción. Poco a poco lo descubrí, éramos "enviadas de Dios", pero no sólo eso, sino que Él había venido con nosotros. Su presencia era obvia, incluso en lo más insignificante. Él estaba junto a mí en las mañanas, cuando todavía no salía el sol y ya era hora de levantarse, me daba ánimos para seguir con la misión que tenía en ese momento, estaba presente cuando tenía que subir todo un cerro para llegar hasta la última casa, me impulsaba, tenía unas fuerzas que no salían de mí, estaba presente a la hora de comer, a la hora de dormir y me daba las gracias porque ese día había salvado un alma más. Entonces podía dormir tranquila.
Pero no solamente estaba Él. Así como la tentación estuvo presente con Cristo en su Pasión, estuvo conmigo. En las mañanas, en el mismo cerro, en la misma comida, en la misma noche, no se cansaba, era paciente, no se desesperaba, era constante y muy insistente.
Pero como en todas las obras de Dios, Él triunfó sobre mí. Estando ahí, me di cuenta de cómo lo material no vale nada. Sobreviví con unos jeans, unos tennis y mi camiseta ocho días. Descubrí cómo la felicidad que más recompensa está en las cosas chiquitas de la vida, en el hacer un sacrificio por alguien; descubrí la felicidad en los becerritos, en regalarle tres minutos de tu día a una niña que te ve como si fueras sobrenatural, etc.
Las misiones adquirieron para mí un valor muy especial. Me di totalmente, pero me dieron mucho más.
La noche más especial fue la del Jueves Santo. Desde la mañana estaba preparada para un encuentro con Alguien que no sólo me creó a mí, sino también, todo lo que me rodea; con Alguien que me había llamado esta Semana Santa a algo muy especial…
Mi hora de adoración fue de 12:00am a 12:30am y ya estaba lista. Salí todavía dormida, corriendo con todo y sleeping bag. Al estar ahí, delante de Él, sentía su presencia, sentía que en realidad hablaba con alguien que iba a morir. No necesitaba palabras, solamente estar ahí. Ni el frío, ni el sueño fueron impedimentos para este encuentro que marcó mi vida.
Antes, creía que la gente necesitada no era católica porque en su vida no cuentan con muchas cosas, pero ahora sé que es tan difícil para ellos como para nosotros. Es cierto, aquí no dormimos con ocho personas más en un mismo cuarto, no estamos expuestas al machismo, pero ellos no tienen tantos vicios, no tienen dinero y poder que los corrompa, no tienen malas amigas que los lleven a acabar con su futuro…
Ahora sé que cualquier vacación no se compara con un segundo estando de misiones. Extrañé a mi familia, mi comodidad, pero, si Él hizo eso por mí, ¿cómo no iba a responder? Un sacrificio como el de Él, era imposible, pero una semana por Él, era lo mínimo que podía dar.
Comprendí también que las misiones no son una temporada sino un proyecto de vida que sostiene una profesión, una familia, una vida, no sirve tener todo el conocimiento de la religión, si no la transmitimos, y sobre todo, si no lo vivimos.