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Viernes, 10.septiembre.2010   
Una misión para mi
Autor: Jorge Aboumrad Vega
Juventud Misionera México


Eran las 9 de la mañana de un sábado, no era un sábado cualquiera, era el principio de un periodo de mi vida durante el cual esta cambiaría por completo. Sentado bajo el rayo del sol en el colegio Lomas por más de una hora, miraba a mi alrededor y no encontraba la respuesta a una pregunta que me hice muchas veces durante la semana ¿Qué hago yo aquí? Un poco arrepentido de haber tomado la decisión de venir de misiones, pensaba en mis amigos que estaban disfrutando sus vacaciones en la playa, anhelaba el poder estar con mi familia en la nieve, pero no, había decidido sacrificar esta semana. Empezaron a llegar mis amigos, solo cinco incluyéndome a mi habían tomado este camino, un camino largo, cansado, difícil y muy sacrificado.

Se acercó un joven de 22 años de edad que viviría la experiencia por tercera vez junto con nuestro grupo, su nombre era Diego. Era un joven alegre que se adaptó rápidamente al grupo, que compartía todos sus momentos con nosotros, que llegó a ser una base para mí, y para todos los demás en la semana. Luego nos enteramos de que un tal Andrea Pícolo sería nuestro responsable, nadie lo conocía más que Diego, y éste no opinaba mucho sobre él, pero al preguntar a otros misioneros, nos llevamos un gran decepción por la apatía con la que nos describían la personalidad de Pícolo, me señalaron a la persona, y ante mis ojos estaba un hombre de 23 años edad, más o menos de mi estatura, flaco y muy güero. Sus padres eran italianos, aunque vivían en Monterrey, pero Andrea ya se había mudado a México hace un tiempo, y ahora estaba con nosotros. Era difícil contemplar el hecho de que estas misiones eran las octavas a las que él asistía, "algo han de tener de especiales las misiones" pensé.

Tardaron, pero al fin llegaron los camiones que nos llevarían a la Basílica de Guadalupe para la misa de partida. Entonces agarré mis múltiples bultos, eran 4 y cada uno castigaba mi hombro al cargarlo. Un sleeping bag, una maleta llena de botellas de agua, una maleta llena de comida y una más de ropa. Al cargarlas con gran esfuerzo al camión derramé las primeras gotas de sudor de las incontables que iba a sudar durante el largo trabajo de misiones.

Los camiones salieron a la Villa, y yo simplemente miraba por la ventana, la curiosidad, la ansiedad, la desesperación eran sólo algunos de los sentimientos que llevaba conmigo, pero el pensamiento de incertidumbre vivía en mi conciencia, estaba desubicado, no sabía ni a donde iba, ni que iba a hacer, ni por qué lo iba a hacer. Recordé, el por qué había decidido ir, no fue alguien que me invitara, no fue un video el que me convenciera, ni siquiera una decisión que tomé porque quería hacer algo por alguien, sino fue Dios el que sembró en mi la necesidad de ir, sentía que Dios me pedía a gritos que fuera, sabía que si no oía su llamado y lo obedecía no estaría tranquilo, sabía que había una razón por la que me lo pedía y aunque le reclamara "¿por qué yo, por qué no alguién más?, yo quiero divertirme en estas vacaciones" Dios me lo seguía repitiendo, y fue tal su insistencia, que me encontraba ahí, mirando por esa ventana, dirigiéndome a la Villa.

Fue una Misa larga, los misioneros de varios estados de México estaban en esa explanada, todos con una misma misión, una misión que yo no comprendía y ni siquiera conocía. Una misión que hasta hace un mes, pensaba que era para otros, bromeaba con algunos amigos y hasta me burlaba de la posibilidad de ir.

Al medio día me subí al camión, y unos minutos después ya nos dirigíamos a la Sierra Poblana, primero debíamos ir a la cabecera, donde llegábamos todos los de la zona y cada comunidad mandaba por sus misioneros. Una vez más me senté junto a la ventana, admiré el paisaje, un paisaje que cambiaba constantemente, se transformaba desde un bosque húmedo, repleto de altos pinos, que esparcían un aroma fresco a madera y naturaleza, y unas planicies secas, amarillentas y pobres en flora, hasta llegar al entorno que iba ser mi casa, montañas altas, una selva preciosa, muy verde, una selva en la cual en pocas horas, de estar en un infierno caluroso, se estaba en un ambiente de neblina y lluvia, muy friolento por momentos, pero esos momentos eran seguidos por horas de intenso calor. Después de un largo rato de pensar, imaginar y recordar, caí en un profundo sueño que fue interrumpido por la inesperada parada de los camiones que habían sido atrapados, debido a la dificultad y el peligro de las curvas. Precipicio a derecha y a izquierda nos rodeaban, pero unas impresionantes vistas podíamos admirar al horizonte, la tarde empezaba a caer sobre la sierra, y el sol se ponía atrás de la montaña más alta, una ligera brisa rociaba las alturas con su cálido sabor a naturaleza divina, que acostumbraba saborear en la comodidad de un lugar distinto, un lugar donde el sacrificio era algo que no entraba en mis pensamientos, y menos en mis acciones, un lugar donde flotaba en la creación más impresionante de Dios, un lugar como el mar. Pero ese día, ese instante era distinto, no estaba en un yate buscando diversión continua, estaba en mis zapatos, sólo mis zapatos buscando algo que va más allá de la diversión, algo que va más allá de la inteligencia humana, algo que no se entiende con la pura razón, sólo se logra creer mediante la fe.

Uno de los camiones se estancó en una de las curvas, y bloqueó el paso para el resto de los camiones. En uno de ellos me encontraba yo, y por consiguiente me tuve que bajar y seguir a pie. Caminamos un par de horas, y poco a poco la multitud se dispersaba. La pendiente cada vez era más inclinada, pero ya no bajábamos, sino subíamos. Los moscos empezaron a aparecer, una de las múltiples pesadillas de las misiones, el cansancio ya era mucho, pero ya estaba próximo el pueblo cabecera, este pueblo se llamaba la Unión, tuve suerte, ya que a dos kilómetros del pueblo el párroco nos recogió a mí y a uno de mis compañeros, era un coche viejo, lleno de polvo y de raspaduras, cada vez nos adentrábamos más al pueblo y cada vez se notaba mas la pobreza del mismo. Al llegar a una pequeña capilla el coche se detuvo, y el Padre nos comentó que tenía que dar la Misa al pueblo ahora, pero que su ayudante nos llevaría al lugar de reunión. Se bajó y le agradecimos mucho, ya que nos había ahorrado una gran caminata. Me pidió que le pasara las hostias que estaban en el mismo asiento donde yo estaba sentado, en el asiento de atrás, me di cuenta que me había sentado encima de todas las hostias y ahora estaban despedazadas, traté de juntar algunas de las completas y los restos de las otras, las puse adentro de un pequeño contendor de plástico, y con una gran vergüenza se las entregué al padre sin poder verlo a los ojos. El ayudante del padre nos llevó hasta el lugar de reunión, ya había muchos misioneros que habían tenido la suerte de haber llegado con su camión hasta ese punto. La gente del pueblo nos dió una gran bienvenida, nos habían colocado largas bancas de madera en forma de rectángulo para que nos sentáramos, y al centro, una larga mesa con comida local que nos habían preparado con gran dedicación las mujeres del pueblo. La comida era una gran preocupación para mí, estaba negado desde antes de salir de la capital a comer lo que me dieran, sabía que los alimentos no iban a ser de mi agrado y pensaba comer sólo de lo que yo llevaba, jamón serrano, atún enlatado, sopa instantánea , era algo de lo que yo llevaba.

Esa noche no tenía nada de eso, mis maletas estaban atrapadas en la salvaje sierra dentro del camión, y no había probado bocado desde aquella mañana. Cansado, hambriento y preocupado pensaba en ¿que sería de esta semana si se llegaran a perder las maletas?, ¿me regresaría a casa?, ahora sé que no me hubiera afectado en nada. Los rumores de que muchas maletas estaban perdidas se esparcían por las bocas de los responsables, pero fue un gran alivio cuando me comentaron que el camión seis ya había llegado, y estaba completo el equipaje.

Mi estómago rugía con hambre, pero no estaba permitido comer de lo nuestro en frente de los pueblerinos, habiendo ellos preparado comida para nosotros. Veía y analizaba detenidamente todo lo que yacía sobre esa mesa larga, un pollo de mal aspecto, tortillas y algo de arroz blanco. Después de algunos minutos me convencí de probar un poco de arroz, y fue un taco de arroz el primer platillo local de muchos que consumí.

Fue una larga espera para que llegaran por nosotros para ir al pueblo que se nos asignara, esa espera estuvo llena de anécdotas e historias que me contaron sobre misiones pasadas. Anécdotas de apariciones del diablo en algunos pueblos cercanos, me contaban acerca de las garrapatas que habitaban en la zona y como se metían en la piel, los alacranes, las arañas, las víboras, en fin, nos comentaban de lo complicado que era misionar en muchos de los pueblos. Decidí ir a comprar un machete para facilitar el trabajo. Pregunté a un policía y me llevó hasta una humilde casa donde me vendieron un gran machete por solo 35 pesos. Se nos hizo saber que iríamos a Telolotla, un pueblo a solo media hora de la Unión. Descansé el resto del tiempo acostado sobre mis maletas en la banqueta, y luego llegaron por nosotros. Era una pick-up ya casi sin pintura, la persona que nos iba a llevar era el hijo del encargado de la iglesia de Telolotla. Nos subimos en la parte de atrás, y empezamos a criticar a Pícolo, todos comentábamos que era la peor suerte que nos hubiera tocado, decíamos que no íbamos a obedecer sus órdenes y que a nadie le caía bien. Así estuvimos hasta que llegó él acompañado por Diego y partimos hacía nuestro muy esperado pueblo, un pueblo que sería nuestro hogar por ocho días. Fue un camino totalmente de subida, el aire era frío y a lo lejos veíamos las escasas luces de Telolotla, seguíamos subiendo y al paso de los minutos las luces no parecían acercarse en lo mas mínimo, pasé un rato de mucho frío y mucho sueño ya que se acercaba ya la medianoche. Era una noche sin estrellas, una noche de depresión, una noche en la que tal vez en ese momento hubiera preferido estar en otro lugar. Por fin llegamos al pueblo, una comunidad totalmente aislada de la civilización, arriba de una de los cientos de montañas que se formaron hace millones de años para darnos vida, la vegetación abundaba, era una selva casi tropical que era invadida constantemente por obscuras nubes, el pueblo tenía una calle principal de pocos metros de pavimento, y el resto era de tierra y piedras, el polvo era un abundante integrante del lugar, esperé hasta la mañana siguiente para observar con detención los detalles del pueblo

Nos prestaron la sacristía de la pequeña iglesia para que pasaramos esa noche, era una cuarto chico, el piso era de concreto, un concreto lleno de piedras que no estaba alisado. Ladrillos, macetas, algunos muebles y un colchón era lo único que había dentro de el pequeño cuarto. Inflé mi colchón, un colchón de dimensiones pequeñas que tenía su uso particular para flotar en las albercas, lo había comprado a los responsables en la Unión. Me acosté sobre él y me metí en mi sleeping bag para protegerme del frío y del los posibles arácnidos que compartían el cuarto con nosotros. Cerré los ojos y pronto el sueño me venció, un sueño que fue interrumpido incontables veces por diferentes ruidos, unos adentro y otros afuera del cuarto. El viento se colaba por los hoyos del techo de lámina y azotaba la una lona de plástico que se encontraba entre nosotros y el techo oxidado y sucio, esto hacía crecer el miedo y el temor en mí, me imaginaba la cosa que más me aterrorizaba, el diablo. En el exterior se oían ruidos de todo tipo, desde un gallo que cantaba cada hora, perros que ladraban desesperados, puercos que roncaban con ganas, hasta un claxón de camión que insistía en romper la orquesta de animales y penetraba en mis tímpanos sin dejarme dormir. Con todo eso, y con mi colchón que se desinfló sin razón, pasé una noche realmente mala.

A la mañana siguiente nos levantamos muy temprano y amanecí con un dolor muy intrigante en el hombro por la dureza del piso, Pícolo nos levantaba con gran insistencia y abríamos los ojos sólo para mirarlo con furia. Pero a los pocos minutos ya nos acoplábamos al entorno en el que nos encontrábamos. Una actitud positiva era la que debía de tomar desde esa mañana, y Dios me dio su gracia para poderla tomar y desde la primera mañana empecé con ganas y dispuesto a dar todo para hacer una buena misión y ayudar en lo que pudiera a la gente.
Esa misma mañana nos mudamos a la escuela que colindaba con la iglesia, nos instalamos en dos salones de clases. El piso era de concreto, pero por lo menos era liso, las bancas servían de camas, un pizarrón ilustraba el frente de cada salón y las ventanas constituían una gran parte de la fachada. El techo se puede describir con más certeza como un nido de arañas, que nombrando el material con el que está construido.

El primer salón lo usamos para dormir, alguno de mis compañeros decidió armar una inmensa casa de campaña para dormir mejor ya que no traía ni almohada ni sleeping bag. Esa casa de campaña veló mi sueños toda la semana, ya que no perdí la oportunidad de cubrirme un poco de las masas de moscos que hacían de nosotros su fuente de supervivencia diaria, y me metí a la tienda.
El segundo salón fue nuestra cocina, toda nuestra comida la acomodamos ahí dentro y colocamos una mesa en el centro en la cual platicábamos y comíamos en nuestros tiempos libres, también nos dieron una cubeta amarrada a una cuerda, con la cual podíamos sacar agua de una especie de pozo, el agua no era la más limpia y pura, basura flotaba en la superficie del pozo, pero ya era una ganancia importante el contar con un poco de agua. Junto estaban los baños, unos baños que asustaban al más valiente, pero a los que poco a poco nos acostumbramos .

Nos instalamos y posteriormente Pícolo nos describió nuestro itinerario diario: meditación, desayuno, visitas a las casas por cuatro horas, comida, juegos con los niños, catecismo a los niños, rosario diario, platicas a los adultos y luego misa algunos días, finalmente cena y tribuna libre.

Esa mañana de domingo empezó un nuevo lapso en mi vida, una semana forrada de experiencia tras experiencia que me iban llenando de emotividad y deseo de cambiar el tipo de vida que llevaba hasta ese momento y hacer algo de provecho.

Las comidas las hacíamos en diferentes casas cada día, diario nos invitaba alguien del pueblo y desayunábamos, comíamos y cenábamos en su casa.
La primera mañana fuimos a casa del encargado de la iglesia, su nombre era Silviano y parecía un hombre muy apegado a la iglesia y a Dios, parecía alguien que ayudaba al pueblo y era caritativo y bondadoso con la gente. Silviano nos dio los datos generales del pueblo. Era un lugar donde la gente vivía del café, todas las familias tenían su huerto y cosechaban café, nos comentaba lo mal que estaba el asunto del café en estos días, también supimos que el pueblo tenía aproximadamente 250 habitantes, pero muchos hombres se iban a trabajar a México de albañiles por la crisis del café.

Esa primera mañana desayuné un huevo ahogado en salsa roja, ese fue el primero del los tantos sacrificios que hice durante las comidas. La gente te daba todo lo que tenía, era gente que no ganaba más de seis mil pesos al año y te ofrecía su comida, no te daba lo que le sobraba, sino lo que le faltaba. Al ver esto, no podías dudar en comerte algo o no. Se veía la decepción en el rostro de la gente cuando alguien dejaba algo en el plato, así que decidí comer todo lo que me pusieran en frente, y así fue. Me comí todo, desde una sopa de fideo que no diferenciaba mucho de lo que hay en mi casa, hasta un pescado que fue recién sacado del río, crudo, con demasiadas espinas, tenía las piel fresca y chiclosa y después de cada bocado me tenía que sacar las escamas de la boca, la carne era blanca, pero con manchones negros y ese pescado que sufrí tanto para tragármelo, pudo ser el pescado que ellos iban a disfrutar como su gran platillo de la semana, pero te lo obsequian sin ni siquiera conocerte, porque ellos si dan sin esperar recibir nada a cambio, ellos se conforman con lo poco que tienen y nosotros buscamos más y más para nosotros mismos, y no pensamos nunca en el prójimo.

Las visitas por la mañana, la ventaja que tenía nuestro pueblo era que las casas estaban concentradas una cerca de la otra, y todas estaban unidas por caminos de terraceria entonces era mas fácil recorrer todas en menos tiempo, aunque eran tantas que no alcanzamos a visitar todas en la semana. Nos dividíamos en grupos de tres o dos y bajo una temperatura de 39° centígrados pasábamos de casa en casa hablándoles de Dios y invitándolas a que acudieran a las actividades que organizábamos en las tardes. Todas las familias te recibían con una gran alegría y amabilidad. Te hacían sentir cómodo y querían que estuviéramos todo el tiempo posible en sus hogares. Repartíamos oraciones, imágenes del Papa, de Jesús y de la Virgen. También les dábamos rosarios, consejos, pero lo que más apreciaban eran que los escuchemos, que viviéramos con ellos sus tragedias y compartiéramos con ellos sus momentos de dolor.

Era el martes, después de visitar docenas de casas me encontraba cansado, la gotas de sudor humedecían mi cuerpo y se secaban constantemente, Alonso, mi compañero de visitas y yo no dirigíamos a firme paso a la escuela para descansar antes de hacer nuestra segunda comida del día, había sido un buen día de visitas, pensábamos que ya habíamos terminado las casas necesarias de ese día, cuando a nuestra izquierda enfocamos nuestra vista a una casa en la que no habíamos estado, decidimos hacer el sacrificio y hacer la última visita. Nos acercamos y confiados tocamos a la puerta, una señora de edad avanzada nos abrió y con un gesto de alegría nos invitó a pasar. Nos jaló dos sillas bajas, empecé a mirar alrededor de mí y a analizar la casa. Era una casa de madera obscura, el sillón era la cama y la cama era el sillón, la mesa era la cocina y la cocina era la mesa, las paredes estaban cubiertas por imágenes católicas y por propaganda política. Estuve viendo a todos lados menos hacía atrás, en la casa estaba la señora acompañada por algunas hijas y sobrinas, pero había alguien más a quien no había descubierto. Platicamos con la señora acerca de religión, y ella con seguridad nos afirmaba que era muy practicante católica, después sobre sus hijos, era una verdadera tragedia, su esposo estaba medio trastornado, sus hijas estaban juntadas pero no casadas, pero cuando tocó el tema de su hijo Abel, en ese momento mi panorama hacia la vida cambió, mis problemas más grandes no eran ni siquiera preocupaciones. Hace algunos años, Abel era un joven normal "estaba bueno" exclamaba la señora, en un lapso de tiempo muy corto, su vida dio un giro de 360°, fue como una maldición. Abel empezó a actuar como un ser irracional, mordía a la gente, huía a la selva y luego regresaba, Abel se volvió un ser violento, hasta llegó tumbarle los dientes a una señora indefensa con un machete y la gente se escondió por 15 días de la amenaza en la cual se volvió Abel. Un gemido que salió de atrás de mí me hizo voltear la vista, entre los orificios de la madera pude ver a un hombre acostado, era una jaula en la cual se encontraba Abel. Llevaba sin ver la luz del sol nueve años, nueve años dentro de ese espacio de un metro y medio por otro metro y medio, se le daba de comer por una pequeña abertura que se le hizo en la madera. Al verlo se me fue el habla, la señora se paró y nos señaló la jaula y comentó: "Decidí encerrarlo, ya no podía vivir así" y derramó una lágrima. Ese era verdadero sufrimiento, verdadero dolor, tanto para la madre como para el hijo. Nos dijo la hermana que Abel sí entendía cuando se le hablaba, nos paramos Alonso y yo, caminamos lentamente hacia la jaula y nos asomamos por el hoyo. Abel se paró rápidamente se acercó a nosotros. Conmovido ante el momento y sin pensarlo extendí mi mano y la metí a la jaula, Abel rápidamente agarró mi mano y me saludó como un hombre con sentimientos, que necesita de amor. Se le veía en los ojos su sufrimiento y la necesidad de cariño, la necesidad de una oportunidad de rehabilitarse. Rezamos por él junto con la familia, y luego partimos. Regresamos diariamente a rezar por él, y la familia nos lo agradeció mucho, pero no había más que pudiéramos hacer.

El primer día de visitas, mientras platicaba con Pícolo de cosas de mi vida, porque su misión no era con la gente sino con nosotros, una mujer se acercó y no dijo que su padre nos llamaba y quería hablar con nosotros los misioneros. La seguimos hasta su casa. Al llegar hasta su casa estaba el anciano, no tenía camisa y sus gestos eran de pleno dolor y enfermedad. Nos sentamos junto a él y nos explicó todo lo que le pasaba, sentía punzadas por dentro de la cabeza, en el cuello y en el hombro. Se retorcía ante nosotros y cada segundo que pasaba era una tortura para él.
Yo sentía una gran impotencia por no poder hacer nada, simplemente le aconsejaba la oración y paciencia. Pero en esos momentos vivía los sufrimientos del señor con él, quería ayudar de alguna otra forma pero me era imposible.

Lo mismo me pasaba con otro anciano, un anciano que vivía en la soledad, su casa no medía mas de dos metros por dos metros. Su vida consistía en pasar de la cama a su silla, y de sus silla a la cama. Padecía una enfermedad en la cual sus pies estaban atrofiados y no podía caminar. Sus pies tenían el aspecto de una piedra, los dedos parecían estar pegados unos con otros, eran unas autenticas rocas.

La pobreza de la comunidad era impresionante, la suciedad en la que vivían, el poco conocimiento que tenían, su forma de vida contrastaba tanto con la que yo vivo, era impactante estar ahí, porque lo único que tenían era su familia y su fe, yo les iba a enseñar algo, algo que le sirva para que puedan vivir felices junta a Dios, cuando ellos realmente me enseñaban a mí con su manera de vivir como debería afrontar mi vida.

Vicenta, otra de las muchas que sufren de las misteriosas espinas de la vida, una mujer que ha sufrido tanto que ya es digna de estar con Dios. Vicenta no tiene más de 25 años, esta enferma, sufre de algún trauma probablemente causado por maltratos en su casa. Sus dientes, se los tumbó su padre de algún golpe, vive al aire libre en la soledad con los puercos de su padre. Su padre no la deja entrar a la casa en donde viven sus hermanos y su madrastra. Su deber es limpiar sin recompensa, poco se le da de comer para que se muera. Después de conocer su forma de vida, fui por ella para brindarle un poco de cariño del cual estaba muy necesitada, la llevé a la misa y a que se confesara, después de misa y de haber comulgado sentía un felicidad momentánea, y aunque no se le entendía cuando hablaba yo sabía lo que ella sentía y pensaba, y su felicidad era momentánea porque sabía que cuando saliera de ahí, y llegara a su casa su entrada iba ser negada y regresaría al tormento de vida en el que ha estado desde que llegó al mundo.

La convivencia con los niños fue algo especial en las misiones, aunque a veces me desesperaban por su intensidad, ellos nos veían como una esperanza, el tiempo que compartía con ellos lo apreciaban y lo disfrutaban demasiado como para negarles un minuto de compañía. Los juegos de la tarde y el catecismo eran una convivencia que provocaba que me encariñara mucho con ellos. Se notaba sus escasez de recursos porque todo te lo pedían, todo querían y llegaba a quererlos tanto que lo que tuviera se lo daba, con tal de verlos felices hacía todo lo que podía para conseguir algo que darles.
Los niños siempre participaban en todo, siempre estaban ahí para aprender y para escuchar.

Al principio de las misiones, las asistencia de los adultos a las pláticas y rosarios era muy floja, me desanimaba al ver la iglesia vacía cuando le iba a dar alguna plática a la gente que yo sabía que les iba a ayudar, poco a poco la gente respondió a nuestro llamado, y mientras trascurrían las tardes en Telolotla yo me encontraba en frente de cada vez más gente, hablándoles de el sentido de la semana santa, de la caridad, de la unión en el pueblo. Cosas como: "no es suerte ni coincidencia que estemos juntos ahora, sino es la voluntad de Dios, y por eso tenemos que aprovechar al máximo estos momentos" era algo de lo que les hacía entender, trataba de trasmitirles algo de lo que sé para que les ayudase, era una necesidad de echarles la mano que jamás hubiera imaginado.

Al ver el sol ponerse día con día en Telolotla era un gran alivio, cada vez se acercaba más la comodidad de nuestras casas, regresar a la burbuja en la que estaba en donde no había problemas ni preocupaciones, una vida sin sacrificio. Y aunque había dejado todo en cada casa, en cada plática, y me había sacrificado todo el día viendo la verdadera historia y lo afortunado que soy me urgía dejar este lugar y sentirme satisfecho y generoso por lo que había hecho. Pero fue el jueves en la noche cuando todo cambió, cuando me dí cuenta de muchas cosas de las cuales había estado cegado toda mi vida por el mismo entorno y ambiente de superficialidad en que vivo. Me tocó adorar al Santísimo de cuatro a cinco de la mañana, sentado ante él, en una iglesia donde estaban tres personas desconocidas y yo, no tenía más remedio que hablar con Dios, sin distracciones, sin poderme esconder de El, de lo que me quiere hacer saber, porque hasta antes de la misiones no creía que Dios me podía decir algo tan claro y tan conciso. Y ahí solo con El le escribí una carta con la mente que era así:

"Dios, no me queda más que darte las gracias de que estoy aquí, de todo lo que he logrado con estas misiones. Se que te renegué cuando me pediste que viniera pero hoy no puedo dejar de agradecerte que me hiciste venir. Sentado en una banca, a las cuatro de la mañana en medio de la nada. Debajo de un cielo empapado de estrellas y de una luna llena que me invita a pensar en tí y en tu grandeza. Quiero decirte que vine a cambiar vidas, y la vida que más ha cambiado es la mía, vine a tratar de ayudar a alguien y el más ayudado he sido yo. Aprendí a verte por los ojos de un niño o de un anciano, y así he aprendido a amar al prójimo y poner los intereses del prójimo antes que los míos y se que de hoy en adelante, viendo lo que he visto no viviré en paz sino me pongo a hacer algo por los demás, porque me doy cuenta de lo que me has dado y te lo agradezco, pero no sólo te lo agradezco sino que me queda claro que así como me diste me vas a pedir, y estoy dispuesto a hacer lo que tenga que hacer para ser feliz, y sé que no seré feliz de otra manera más que cerca de tí y amándote por medio de ese anciano, ese enfermo o ese niño que me necesita. Una vez más muchas gracias y te pido que no me quites esta actitud con el tiempo ni que el ambiente en México disuelva estas ganas que tengo de cambiar, porque sé que mi voluntad es débil, pero tu gracia es fuerte. No hagas que me separe de ti, porque contigo me siento tranquilo, me siento lleno, ya no le tengo miedo a nada, ni siquiera a mi más amargo temor que es el diablo. Contigo ya no le tengo miedo al fracaso en esta vida, porque estar cerca de ti ya es el éxito mismo. Solo te quería decir que es aterrador lo que puede cambiarte el rumbo de una vida, la sola mirada de un niño desamparado, una lágrima de una señora necesitada de un consejo, un agradecimiento de un anciano al cual escuchaste. Porque eso es lo que he vivido en estas misiones y una vez más muchas gracias"

Después de decirle esto a Cristo salí de la Iglesia, me paré junto a un árbol, admiré las estrellas y la luna cerré los ojos por un segundo, sentí una felicidad y una paz que nunca había sentido y desee guardar ese momento y que nunca desapareciera, quise que durara para toda la eternidad y en ese segundo me di cuenta de cómo más o menos es el cielo. Después de unos minutos regresé a mi colchón de alberca y dormí a gusto.

El viernes en la noche, tuve la fortuna de ver salir la primera estrella, ante una luna brillante y completamente llena, admiré el cielo y a esa primera estrella. Como de costumbre pensé en pedir un deseo, en el pasado siempre al ver la primera estrella brotar pedía un deseo y muchas veces se me concedía. Me recosté y traté de pensar en algo que deseaba o necesitaba para pedirlo, pero pasaban los minutos y cada vez me extrañaba más y más al ver que no encontraba, tenía alguna que otra ocurrencia que alguna vez había pedido pero no quería nada. Ahí me di cuenta lo lleno de felicidad que estaba, lo lleno de Dios que estaba, porque nada me faltaba, sentía que todo lo tenía y fue un gran sentimiento.

Esa noche tuvimos una tribuna libre, en la cual todos expresaban sus experiencias y opiniones acerca de las misiones, todos tenían hambre después de un día de ayuno y abstinencia y esperaban las doce para poder comer algo, pero mientras uno por uno dimos nuestro testimonio. Fue claro que fue una experiencia inolvidable para todos que hizo que nos diéramos cuenta de muchas cosas, pero para mí fue algo más profundo. No lo tomé como una experiencia para recordar, sino como un llamado a reaccionar y hacer algo, también no sólo aprendí a valorar lo que tengo y apreciarlo, sino también a darle la importancia que merece a cada cosa, porque para mí lo material ya no es lo más importante, sino es sólo un medio para ayudar a los que no lo tienen, estando ahí les quieres dar todo lo que tienes todo lo que puedes, y me queda claro que para que otros se den cuanta de esto, tienen que vivirlo, porque ni un testimonio, ni un video, ni una conferencia los ayudará a darse cuenta de que es lo que realmente vale en esta vida. También le agradecimos a Pícolo, que fue una base importante en estas misiones, que toda la apatía que le teníamos al principio se convirtió en admiración y agradecimiento por habernos guiado y apoyado tanto.

Todos concluimos en la lástima que sentíamos hacia la gente, pero cuando todos callaron, y lo único que se oía era el ruido de las brasas de la fogata que tronaban, se paró otro responsable que había ido de visita sólo esa noche para estar con nosotros. Lentamente nos dió unas palabras que nos dejaron helados, que me hicieron sentir basura, y lo peor era que tenía razón. "no tengan lástima por la gente de aquí, que es cierto que tiene carencias, pero deben tener lástima por ustedes mismos. Esta gente tiene poco, pero vive tranquila con lo que tiene, para ustedes nada es suficiente, no valoran nada ni agradecen lo que tienen, pero principalmente no lo aprovechan, tienen muchas cualidades que deben de ser utilizadas para Dios y no para su propio placer"

Al final ya nada de lo mío lo consideraba una seria preocupación, de sentirme el ser más generoso en la tierra por haber dado una semana a los demás me sentí basura. Basura por haberme quejado por cosas insignificantes como una araña, un piso demasiado duro para dormir, una rata en nuestro cuarto, lo 39° de calor, demasiadas tortillas, lo agotante que fue bajar por una hora y media al río, porque yo viví ahí una semana, la gente vive ahí una vida entera.

Lo más importante es que salgo de ahí con el firme propósito de hacer algo productivo por los demás, y de seguir la palabra de Dios sin que mi soberbia, mi avaricia, mi pereza o mi egoísmo me influyan en lo más mínimo

Mediante una cadena de momentos inolvidables y experiencias impactantes, llego el último día, regalé mucha de la ropa que traía y dimos los premios a los niños que más habían participado en el catecismo. Traté de aprovechar los últimos momentos con los niños, una y otra vez me repetían "¿porque no te quedas, porque te tienes que ir?" yo le contestaba que tenía que ir a ver a mi familia, pero que regresaría el siguiente si podía, era más que obvio que probablemente nunca un misionero se volvería a parar en esa tierra, pero no quería causar decepción. Se veía la tristeza en la mirada de los niños, el llanto de las ancianas me petrificaba, era como una ilusión para ellos que se iba, pero todos mantenían su fe, su esperanza de que aquella ilusión que hoy se iba, regresaría algún día. Llegó el momento de partir, uno por uno les fui dando la mano, y cada vez me entristecía más y más, llegué al coche, era un nudo en mi garganta y un dolor en el pecho que no resistía, quería no sólo llorar, sino berrear. Porque me había encariñado con cada uno excesivamente , y me daba igual llorar porque llorar significa tener el valor para sufrir, pero no sufría por mí, sino por cada habitante del pueblo que se nos había entregado y se tenía que quedar en la sierra, en la pobreza, en el sufrimiento, en el olvido de todos menos de Dios. En la camioneta no pude contener las lágrimas, nos paramos a los pocos minutos, y a nuestra vista los lejana: Telolotla, un lugar al que me había costado mucho trabajo el llegar, pero que fue mil veces mas difícil de él salir, un pueblo que había sido mi casa por una semana, una semana que al principio parecía ser una eternidad y acabó siendo un soplido del viento. Lo admiraba desde lejos, con las pupilas envueltas en lágrimas y fué entonces cuando me entró la seguridad, de que ese momento no iba a ser el último en el cual iba a respirar el aire de Telolotla.

Solo hay una respuesta para mi a la pregunta ¿como te fue de misiones? y esta es: "lo mejor que he hecho en toda mi vida"

"El fin de lo que escribo no es conmover a nadie, ni tratar de hacer cambiar a nadie, aunque me gustaría que así fuera, no trato de recrear sentimientos mediante palabras, sino son los sentimientos los que crean estas mismas palabras y les dan un sentido quizá un poco conmovedor. El fin de este testimonio es personal, es para tenerlo junto a mi cama, repasarlo todas las noches, y nunca olvidar lo que pasó en Telolotla. Es para que reflexione en el trascurso del tiempo, en un futuro cercano o mas bien lejano, ¿que tanto valieron la pena las misiones?, porque las misiones no acabaron cuando me limpié las lagrimas y partí hacia mi casa, sino ahí comenzaron."

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