Llenar la tina cada día
Autor: Sebastián Gutiérrez
Monterrey, México - 22 años
Un misionero tiene que estar preparado para cualquier sacrificio por las almas y por Cristo, y para compartir la pobreza y la riqueza de aquellos a los que va a evangelizar. Pero no siempre es posible esto último, pues a veces nos encontramos con que la generosidad de la gente va mucho más allá de lo que uno pudiera pensar.
Nos encontrábamos en San José del Rincón, que era muy pobre y, por supuesto, no había agua corriente. Todos iban a lavar sus trastes al río; todos, excepto las misioneras. Extrañamente nosotras teníamos agua corriente en nuestros baños, la necesaria para cada día darnos un buen baño. ¡Qué buena era la gente para dejarnos la mejor casa, la única con agua, y ahorramos el ir diariamente al río a ducharnos y lavar nuestras cosas!
Felices y sin problemas, disfrutábamos de tanta comodidad. Hasta una noche en que descubrimos el secreto de nuestra agua: una hilera de hombres cargando cubos de agua a fin de llenar nuestro depósito. Noche tras noche lo habían venido haciendo, mientras nosotras dormíamos, para que no nos diéramos cuenta de su trabajo. Amor y generosidad oculta brilló esa noche, a la vez que destapamos su secreto.
Una vez más nuestro sacrificio había resultado enano comparado con la lección que nos dio esa gente. Como Jesús habíamos querido abajarnos, compartiendo con ellos su condición, pero aún encontramos una forma de ocultamiento y de amor mucho más grande, semejante infinitamente más que la nuestra al amor de Dios.