Contáctanos
Este apostolado está al servicio de la Iglesia Universal, de nuestros Obispos y de nuestros párrocos
   Principal \ Boletín de noticias \ Artículos \
Viernes, 10.septiembre.2010   
Estoy llegando de las Megamisiones
Autor: Bernardo Lares V. misionero de Fuego Misionero de Venezuela

Domingo de Pascua, 2006; Hoy estoy llegando de las Megamisiones 2006, o mejor dicho, Fuego Misionero, de un pueblo en la mitad del estado Bolívar, llamado San Francisco de la Paragua, en donde pasamos ocho días.

Este es un pequeño testimonio que me vi obligado a escribir por muchas razones. Las misiones han sido una experiencia única en mi vida, y también creo que lo ha sido para todos los que han ido alguna vez a una. Me han cambiado completamente tanto psicológica como espiritualmente, y lo más importante, es que no sólo cambié yo, sino la de los demás a la vez. Yo creo, que cuando salía a misionar de casa en casa, predicando la palabra de Dios, más me llegaba a mí el espíritu santificante y divino de Dios, que a los propios misionados y pueblerinos.

Poca comida, calor, un sol agotador, muchas casas por misionar, cansancio, dormir pocas horas, sacrificio, picadas de zancudos; todo esto es lo de menos, si quieres que te diga la verdad, puesto que, pensando que estaba salvando almas, y llevando a Cristo al corazón de tanta gente, que se veían tan contentos, alegres de tener la mejor e inapelable compañía de Jesucristo, de tener al que nosotros llamamos Dios, el más poderoso y bondadoso sobre todo el universo, dentro de sus pobres y humildes corazones. Esa sonrisa y un corazón lleno de fe y amor; fueron los simples resultados de nuestras cortas visitas en ese pueblo, en estos largos y cansados días. Y cuánto nos costó en realidad lograrlo; mejor dicho, cuánto daría por hacer eso de nuevo y seguir misionando, tocando de puerta en puerta la alegría que cargábamos dentro de nuestros corazones enfurecidos en fuego del amor de Cristo, llevándolo así a los demás niños, ancianos, no católicos, y todo el que se cruce con nosotros, con esa franela y sello de misionero, y esas sonrisas y cantos armoniosos y cargados de esperanza, que prendíamos en nuestros caminos.

Al principio, cuando me estaba montando en ese autobús, ya con una temprana experiencia de misionero, yo no sentía todavía el pleno amor de Cristo que ardía en mi corazón. Yo veía gente que jamás había visto, y gente que había visto, pero que jamás pensé que tendría nada que ver con ellos en mi vida y en mis caminos del futuro, gente que juzgué lamentablemente mal por su físico, o por su diferente pinta a mí, o simplemente porque eran amigos de otros que no me gustaban. Pero, al final, todos, sin excepción, completamente todos, fueron unos maravillosos misioneros, que se levantaban en la mañana, con esas ganas de llevar la dulce palabra de Dios a los corazones de los demás, a saciar a todo aquel que tenga tristezas a lo largo de su vida, gente que jamás se perdonaría a si mismo de algo malo que haya hecho, incluso gente que jamás había oído la palabra “Católicos” o jamás escucharon de un tal Jesús que murió por nosotros clavado en una cruz, por nuestra salvación y para el perdón de nuestros pecados. Poco a poco, fui conociendo uno a uno a los compañeros, que luego pasaron a ser amigos misioneros, y entendí que la gente puede cambiar, que todos, aunque seas el más tremendo, el más malvado, el más malagente y malpensado que haya pasado por aquí, puede tener una oportunidad para volver a empezar, para ser un hombre nuevo, y reconciliarse con Cristo, quien nos perdona cada vez que nosotros le pidamos con confianza el perdón de nuestros horribles pecados que lo mataron hace casi dos mil años.

Otra cosa que me di cuenta también, fue que Cristo no nos abandona jamás; cuando estamos tristes, Él está allí, cuando estamos desesperados, Él está allí, cuando no tenemos ni un poquito de esperanza en nuestras metas, cuando estamos agotados de caminar, cuando nos caemos, Él nos ayuda, nos toma de la mano, y nos invita a continuar el camino y a no volver a caer. Tenemos que tener en cuenta, que Dios es omnipresente, que Dios es amor, que Dios está, sin que nosotros nos demos cuenta, en la persona más cercana, o más lejana, o la persona con la que te cruzaste en el camino, o simplemente, en la persona que ayudaste a levantarse y a lavarse la cara después de un golpe que cayó por una piedrecita atravesada en su camino. Dios sabe lo que quiere de ti, pero es difícil saber comunicarse con Él, es difícil hacer que se cumpla su voluntad aquí en la tierra, como nos enseñó a orar Cristo en el Padrenuestro; es difícil tener la fuerza para oírlo y la voluntad para seguirlo.

Hoy que estoy llegando de misiones, aunque no me creas, extraño no poder dormir bien, dormir en chinchorro con frío, que me griten en las noches que me calle que soy muy ruidoso y quieren dormir, y levantarme sabiendo que de desayuno hay atún, y luego atún, y adiviné de nuevo, que de cena también hay atún. Extraño levantarme, ya vestido con blue-jean, con un cuchillo en mi bolsillo, con mi cruz guindada a mi pecho, con mi camisa ya sucia de tanto usarla con el sello de misiones, y las medias que huelen a diablo de tanto tiempo puestas, parándome para oír una meditación o un discurso que nos dará el Padre, el cual nunca voy a olvidar y que me cambiará todos los días un poco, para estar más cerca de Cristo nuestro Señor. Extraño salir con ese sol infernal, de casa en casa, tocando no las puertas de sus casas, sino las puertas de sus corazones, diciéndoles “Cristo está aquí en la puerta de tu casa, y tú no le has dejado entrar”. Extraño ver la cara de los niños cuando les decimos “Y luego de jugar trompos y con la pelota, daremos un rato de catequesis para acercarnos a nuestro mejor amigo, Cristo, después rezaremos el rosario y lo ofreceremos por quien tú quieras, por cualquier intención que desees”, y para finalizar el día, una misa y la comunión para conversar con Jesús y contarle todo lo que siento, lo que me ha pasado y lo que quiero. Extraño sentarme con tres o cuatro niños, sedientos de la palabra de Dios, diciéndome “Por favor, Bernardo, me quiero aprender los Mandamientos. Enséñame”. Y yo feliz, iba y les enseñaba, uno por uno, explicándoles todo, y se lo aprendían rapidísimo y con muchísimo interés. Después, cuando se lo sabían, hacían competencias para ver quién se lo sabía mejor, quién lo decía más rápido, y tengo que admitirlo que casi me ganaban. Al día siguiente me decían “¿Qué más nos aprendemos?” y yo asombrado, les enseñaba todo lo que podía y les daba lo mejor de mí. Yo me acuerdo, cuando yo hice mi Primera Comunión, lo feliz que estaba, y no sabía cómo expresar tanta alegría, como lo hicieron estos niños. Estos chamos, fueron especialmente a buscarme, y me dijeron que jamás habían estado tan contentos como ese día, que estaban acompañados y no se sentían tan nerviosos y que ya tenían algún amigo el cual nunca les faltaría ni los despreciaría.

Yo sí sabía que tenía a Cristo dentro, en mi corazón, y que siempre estaría allí para mí, pero ahora no solamente siento eso, sino que me siento lleno de vida, de alegría, de esperanza, de amor y caridad. Siento que en serio el propio Cristo está allí parado al frente de mí conversando conmigo, ayudándome y dándome consejos para mejorar y acercarme cada vez más a Él. En verdad, las experiencias de las misiones, no se pueden describir cómo son exactamente, ni mucho menos se puede entender los sentimientos que uno vivió allí en ese lugar donde misionaste y salvaste almas. Yo en serio no sé cómo decirte lo bien que me fue, lo mucho que cambié, y lo orgulloso que me sentí de haber tomado la decisión de ir, puesto que no te puedo explicar cómo se siente estar caminando de casa en casa con Dios Padre iluminando nuestro camino, con Jesucristo nuestro Señor agarrado de mi mano y dentro de mi corazón, y el Espíritu Santo dándome esperanza de que se puede cambiar este mundo cruel e infiel a uno mucho más alegre y mejor.


Busquedas
Boletín de noticias

Presencia local
:: Sitio Internacional ::
México -      España   Venezuela   Colombia     Italia
Brasil     Estados Unidos
Sponsored by the Legionaries of Christ and Regnum Christi, founded by Father Marcial Maciel, L.C. at the service of the Church.
Copyright 2007, Legion of Christ. All rights reserved